EL CONTENDOR POR LA FE

Dedicatoria:



A la Revista Evangélica homónima que se publicó entre los años 1924 al1993. A sus Directores y Redactores a quienes no conocí personalmente, pero de quienes tomé las banderas, para tratar de seguir con humildad el camino de servir a Dios trazado en la revista durante casi 70 años.



sábado, 24 de octubre de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACIÓN POR LA GRACIA (Parte VII)

LA FE: EL DON DE DIOS
26 “Ellos se asombraban aún más, diciendo entre sí: ¿Quién, pues, podrá ser salvo?
27 Entonces Jesús, mirándolos, dijo: Para los hombres es imposible, más para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios.” (Marcos 10:26-27)
Esas fueron las palabras de Jesús cuando aquel joven rico se acercó a él preguntándole que debía hacer para heredar la vida eterna confiado de guardar a la perfección la ley. Luego de enumerarle los mandamientos, Jesús le pide que venda todo lo que tiene y lo de a los pobres. El joven se va entristecido tras la respuesta del Señor. ¿Qué sucedió? Tristemente el muchacho se dio cuenta de que su corazón albergaba una profunda codicia, que no era capaz de guardar la ley a la perfección, y que por tal motivo su fe en sus buenas obras se resquebrajaba como un lienzo viejo. Pero más triste aun fue el hecho de su decisión: prefirió irse y seguir su camino, su vida, y sus pensamientos, como si jamás hubiese sucedido nada. Fue la triste decisión que (al menos hasta donde la biblia nos revela) toma una persona que teniendo la posibilidad de reconocer que solo Cristo puede salvarle, y no sus obras ni su riqueza, da la espalda a esta verdad y prefiere sumergirse por completo en su perdición.
La verdad más poderosa de este pasaje (V 27) es la que ya habíamos explicado en el capítulo anterior de este estudio: lo que el hombre está completamente imposibilitado de hacer es justamente lo que Cristo vino hacer al mundo en lugar de los hombres. Solo el Todo Poderoso Dios podía salvar al finito, impotente, limitado y perdido ser humano.
Lo que nos concierne en este capítulo será la fe. Hemos ya hablado del pecado, de la santidad de Dios, de la gracia de Dios, y ahora es de vital importancia poder entender que es la fe cuando la biblia se refiere a fe, y que parte tiene la fe en la salvación por gracia que dios regala gratuitamente. Y para ello voy a encabezar este tópico con el siguiente versículo:

“8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;
9 no por obras, para que nadie se gloríe.
10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” (Efesios 2:8-10)
Si el lector ha venido siguiendo este estudio desde sus comienzos entonces ya deben existir términos y conceptos familiares para él. De modo que cuando lee: “por gracia sois salvos” sabe que se está refiriendo a una salvación gratuita que Dios le está ofreciendo a todo el mundo. Sin embargo, es muy bueno que el propio pasaje aclare en el V9 “no por obras, para que nadie se gloríe” y mucho mejor aún es entender cuál es la parte que tienen las buenas obras en la vida de quien ha sido salvado por la gracia de Dios: “creados en Cristo Jesús PARA buenas obras (…) PARA que anduviésemos en ellas”
Resalto la palabra PARA ya que es de vital importancia para poder entender el sentido del texto: que sitúa las obras como una consecuencia directa de lo que Dios ha hecho en el alma de una persona. En palabras muy simples: no podría uno pretender que Dios salve a un ser humano de la condena de sus pecados y que esta persona no manifieste ningún cambio en su carácter, animo, humor, costumbres, pensamientos y acciones. Si a una persona le estuvieran dando el mayor regalo de su vida es muy probable que esta persona no vuelva a ser la misma nunca más, en función del simple hecho de que un regalo de semejante proporción provoca una huella imborrable.
Aun con todo, existe un término que aún no explicamos: LA FE.
¿Qué es la fe? ¿Para qué sirve la fe? ¿Qué tiene que ver la fe, con la gracia (concepto que ya conocemos)?
Lo primero que nos puede decir este pasaje respecto de la fe, es que la fe es un medio, un instrumento que tiene una finalidad. (POR MEDIO de la fe).
Lo segundo que este pasaje nos dice sobre la fe es que ésta no es algo que nosotros pudiéramos alcanzar, producir, o ganar de alguna manera, sino que la establece como un don de Dios. Es decir, al igual que la salvación: es algo que Dios da al hombre, de manera gratuita: “…Y esto no de vosotros, pues es don de Dios…”.
Como todo regalo, al ser la fe un don que se da de forma gratuita y determinado al libre albedrio de aquel a quien se le ofrece también puede rechazarse. Siendo tal el caso, le hare una pregunta al lector antes de explicar para qué sirve la fe. Pregunta la cual el lector podrá volver a hacerse y podrá también  volver a chequear los pasajes que la responden luego de que estudiemos para qué sirve la fe. La comprensión bíblica del concepto de fe le dará al lector una perspectiva mucho más profunda de lo que le sucedió al joven rico del pasaje con el que comenzamos este capítulo. La pregunta que formulare es la siguiente: ¿En qué tenía puesta su fe el joven rico?
La respuesta la da el mismo Jesús:
24 Los discípulos se asombraron de sus palabras; pero Jesús, respondiendo, volvió a decirles: Hijos, ¡cuán difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas!
25 Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios. (Marcos 10:24-25)
Ahora vamos a tener una primera explicación bíblica de para qué sirve la fe:

6 Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia.
7 Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.
8 Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones.
9 De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.
10 Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.
11 Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá;
12 y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas.
13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero,
14 para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.
15 Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade.
16 Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.
17 Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa.
18 Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa. (Gálatas 3:6-18)
Finalmente llegamos al punto de interés en el que la pregunta es resuelta: “Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones.”
El apóstol Pablo explica aquí para qué sirve la fe, y lo hace haciendo referencia a un hecho de transcendencia suprema en el relato bíblico, que es el momento en que Dios promete a Abraham, no solamente la herencia de la tierra prometida, sino la salvación misma, no solo de los judíos sino de todo el mundo al decir: “en ti serán benditas TODAS las naciones”
La fe, regalo de Dios, dado a los hombres como un instrumento sirve específicamente para justificar al hombre, esto es, declararlo justo. Para que el hombre pueda ser declarado justo debe ser limpiado completamente de todos sus pecados. ¿Cómo sucede esto? La explicación está en el significado más intrínseco del concepto fe, es decir: confiar, poner su confianza en algo. Por ejemplo: cuando una persona se sienta sobre una silla, no se pone previamente a revisarla para saber si ésta soportara su peso y lo podrá sostener, a menos claro está, que desconfíe de la capacidad de la silla para sostenerle. Cuando usted se sienta sobre la silla sin cuestionarse la capacidad de esta para sostenerle es porque confía plenamente en que la silla servirá a tal propósito. Eso, en fines prácticos, es ejercer fe, depositar confianza, en algo.
Con este pequeño ejemplo práctico en mente ahora podemos entender el concepto que el apóstol explica: entonces si el hombre es justificado por la fe (y así Dios lo planeo y estableció desde un principio incluso cuatrocientos treinta años antes de dar a Moisés la ley) Esto significa que para poder alcanzar la salvación que Dios ofrece gratuitamente, hay que depositar nuestra confianza en que ALGUIEN, tiene en su obra y en su persona el poder para salvarnos. ¿Se imagina usted quien es ese ALGUIEN? ¿Qué sucedería si una persona pone su confianza en que alguna cosa diferente de ese ALGUIEN, puede salvarle? ¿Le servirá su fe en ello?
Todos ejercemos fe sobre algo, pero, esa confianza, no tendrá más poder ni utilidad para salvarnos que el objeto sobre el cual la depositemos. Si el lector ha venido siguiendo este estudio hasta aquí podrá entender con facilidad que quien está CONFIANDO en que sus buenas acciones, guardar la ley, o sus propios méritos van a ser los que le hagan acreedor de la salvación, se podrá imaginar que su objeto de fe, aquello sobre lo que está depositando su confianza ha de ser como una silla rota, sobre la cual uno se sienta y se hace mil pedazos estrellándose contra el suelo. Y si aún le queda alguna duda, dejemos que el propio texto bíblico se lo explique:
10 Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.
¿Cumple usted con todas las obras que exige la ley de manera absoluta y perfecta?
11 Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá;
12 y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas.
Como explicamos en los capítulos pasados de este estudio, si usted no es perfecto “nivel Dios” entonces la salvación está completamente fuera de su alcance. Y como “no hay justo ni siquiera uno” (Ro. 3:10) está bastante claro que poner nuestra confianza para salvarnos en cumplir la ley y ser buenos, es poner nuestra confianza en el lugar equivocado. Por eso dice el apóstol que todos los que DEPENDEN de las obras de la ley están bajo maldición. ¿Qué maldición? Se preguntará usted. Pues la misma maldición de la que hemos hablado en los capítulos anteriores, aquella maldición que Dios promulgo contra todo el que transgreda su ley, la misma maldición que recayó sobre Adán, y la misma que recae para todos los hombres: “la paga del pecado es la muerte” (Ro 6:23). Todos nacemos malditos porque todos pecamos y nacemos pecadores, y bajo esa maldición estamos hasta el día que Dios nos salva. Pero la salvación de Dios solo es alcanzada POR MEDIO de la fe.
Ahora bien, otra pregunta más se abre aquí: si la fe solo puede servir de medio para alcanzar la salvación cuando es puesta sobre el objeto correcto, ¿en qué deberíamos poner nuestra confianza para ser salvados? O dicho de una manera más clara: ¿En qué o en quien debemos confiar de que tenga el suficiente poder, justicia, y misericordia por nosotros, y nos salvara del castigo que nuestros pecados merecen? ¿Qué o Quién será nuestro salvador? La pregunta vuelve a ser respondida en el mismo texto y de una manera explícita: 13 Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero…”
Hace poco más de 2000 años aquella promesa que Dios le hizo a Abraham se paró sobre este mundo, camino entre nosotros, sufrió nuestros dolores y cargó con nuestras enfermedades. Lloro como uno de nosotros, se entristeció y sintió cansancio, sed, hambre. Hace poco más de 2000 años ese bendito ser, Dios hecho como uno de nosotros, el Señor Jesucristo cumplió de manera perfecta la ley siendo el justo, sin mancha, sin pecado y en lugar de los injustos, ese bendito ser fue azotado, crucificado, traspasado y muerto, cargando sobre sí mismo la maldición de nosotros, los malditos, para que nosotros siendo los merecedores de la maldición a causa de nuestros pecados, fuésemos perdonados, limpiados y declarados gratuitamente justos delante de Dios. La fe de la que el apóstol Pablo habla aquí en Gálatas es la confianza que una persona pone en este ser bendito, en ese sacrificio. La fe mediante la cual recibimos el regalo de la salvación se resume simplemente en darse cuenta que esta pedido y entender que no importa lo que usted haga, no importa quién sea y lo que haya sido, sea o piense ser, ni cuan miserable sea su condición y su impotencia, ese sacrificio bendito que el señor Jesucristo hizo, es la paga absoluta y completa por la suma de todos los pecados de su vida entera desde el día que ha nacido hasta el día en que usted muera. Si una persona confía en que Jesucristo es quien le salva porque Jesucristo es quien cumplió la ley, sufrió sobre sí mismo la condena de esa ley, y resucito para vencer la muerte que esa ley sentenciaba, tal persona es salvada, y lo es desde el mismo instante en el que pone toda su confianza en el Señor.
En el cierre de este capítulo de este estudio le dejo nuevamente con la pregunta clave: ¿en qué piensa usted que estaba confiando el joven rico?


viernes, 25 de septiembre de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACIÓN POR LA GRACIA (Parte VI)

LA GRACIA DE DIOS (parte II)

En la iglesia de Antioquía hubo algunos judíos que obligaban a los gentiles a judaizar, circuncidarse y guardar la ley, y se apartaban de estos para comer. De tal modo fue este hecho que aun Pedro y Bernabé fueron arrastrados a actuar de igual modo por miedo de ellos.
Se estaba sembrando entre los creyentes en Cristo, salvados por la gracia de Dios, un germen de religión. Un sistema de obras y rudimentos para alcanzar la salvación que hacia foco sobre sí mismo y sobre el esfuerzo humano y no sobre el sacrificio de Cristo y la gracia de Dios.
El problema con el que el apóstol Pablo se encuentra cuando llega a Antioquía y ve semejante cosa fue, en simples palabras, que algunos judíos aún no habían entendido el propósito del advenimiento del Señor Jesucristo al mundo, ni mucho menos habían entendido el fin con el que él, siendo Dios se hizo hombre para ser condenado a muerte en la cruz y resucitar triunfal sobre la muerte y el pecado. (Filipenses 2:6-11). Estas personas aún seguían pensando erróneamente que aquella ley que desde la niñez habían aprendido a guardar celosamente, era el fin y la causa absoluta mediante la cual venia la salvación. Ellos aun creían que guardaban lo suficientemente bien los estatutos de Dios como para merecer ser salvos algún día.
En este contexto llega el apóstol Pablo a Antioquía y ve a Pedro y Bernabé en una actitud totalmente cómplice de la situación atemorizados por aquellos que eran de la circuncisión. La reacción del apóstol no se hizo esperar y en ella tenemos el texto que se halla en Gálatas 2:11-21, que he seleccionado en esta sexta entrega de este estudio. El mismo es una explicación muy clara de aquella contraposición que se da entre un sistema religioso instituido con el fin de alcanzar por las obras la salvación, y la gracia de Dios, mediante la cual la salvación es ofrecida gratuitamente por no poder ser alcanzada de ninguna otra manera:
“11 Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar.
12 Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión.
13 Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos.
14 Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?
15 Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles,
16 sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.
17 Y si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera.
18 Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago.
19 Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios.
20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.
21 No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”
El versículo 16 es la clave para entender la contraposición de la que estamos hablando, y en el versículo 19 el apóstol da la primera explicación (la cual luego ampliara y explicara al detalle en el capítulo 3) del verdadero propósito por el cual fue dada la ley: “porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios” Esto es lo que habíamos venido tratando en los capítulos anteriores de este estudio: aquella ley establecida por Dios donde se dictaba sentencia de muerte al hombre pecador (Romanos 6:23); aquella denuncia irrefutable de parte de Dios por la cual se demostraba el pecado del hombre (Gálatas 3:22). Por eso el apóstol dice que por la ley es muerto para la ley, siendo ese el propósito de la ley, establecer la condena y la imposibilidad del hombre para salvarse con su esfuerzo doblegando su orgullo. Este era el hecho que aquellos judaizantes no habían entendido respecto del propósito de la ley, y por ese mismo motivo tampoco habían entendido que era necesario que un sustituto aprobado por Dios, cumpliera y ejecutara sobre sí mismo la ley y la condena que de otro modo habría recaído sobre todos los hombres. Y ese sustituto era Cristo, el cual sin ser pecador, pago sobre sí mismo con la muerte la pena en lugar de todos los pecadores (1Pedro 3:18).
Aquellos judaizantes obligaban a judaizar y vivían como si Cristo no hubiese venido nunca porque ni siquiera habían entendido el verdadero propósito de la ley. Mientras la salvación había venido al mundo y se había derramado en la sangre inocente del cordero de Dios como el sacrificio perfecto y final que la justicia de Dios demandaba para poder dejar exento de condena al hombre pecador siendo esta ya cumplida sobre el mesías, ellos seguían practicando la ley como si la ley y los sacrificios que se ofrecen por la ley fuesen a salvarlos. Distorsionaron el propósito con el que Dios estableció la ley, aunque la propia ley traía en si misma explicitado su propósito, y también el propósito con el que Cristo vino al mundo. Esto mismo es explicado en Hebreos 10: 1-17
10  Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan.
2 De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado.
3 Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados;
4 porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.
5 Por lo cual, entrando en el mundo dice:
    Sacrificio y ofrenda no quisiste;
    Mas me preparaste cuerpo.
6 Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.
7 Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí.
8 Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley),
9 y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último.
10 En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.
11 Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;
12 pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,
13 de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;
14 porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
15 Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho:
16 Este es el pacto que haré con ellos
Después de aquellos días, dice el Señor:
Pondré mis leyes en sus corazones,
Y en sus mentes las escribiré, m
17 añade:
    Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones.
18 Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.
El versículo final con el que cerraremos esta sexta entrega del estudio es Gálatas 2:21 donde Pablo termina su explicación mostrando que si la justicia (la limpieza y purificación por la cual el hombre queda sin mancha y sin pecado limpio delante de Dios) fuese por cumplir la ley entonces no sería necesario el sacrificio de Cristo:


“21 No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”

martes, 25 de agosto de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACIÓN POR LA GRACIA (Parte V)

LA GRACIA DE DIOS (Parte I)
“Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 6:23)
“Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra." (Romanos 11:6)
Imagine el lector por un instante que asiste al cumpleaños de un amigo y le lleva un regalo. Este le recibe con gratitud y efusivamente. Acto seguido saca dinero de su bolsillo y le pregunta: “¿Cuánto te ha costado?” intentando pagar por el regalo que le acaba de entregar. ¿Qué pensaría, y que sentiría usted estando en tal situación?
El diccionario de lengua española define el término “regalo” de la siguiente manera:
“m. Lo que se da a alguien sin esperar nada a cambio, como muestra de afecto o agradecimiento.”
Para esta 5 parte del estudio de La condena por la ley, y la salvación por la gracia, he decidido encabezar con dos versículos que explican con una didáctica muy clara el significado y el alcance de la palabra “GRACIA”
Romanos 6:23 es sin dudas uno de los mejores resúmenes sobre los estragos del pecado en la humanidad y la forma en que estos han sido solucionados por Dios, así como también la manera en que Dios pone al alcance del hombre semejante bendición. Nótese que cuando habla de la consecuencia del pecado lo hace en términos judiciales: “la paga del pecado”. Es la sentencia de Dios, el juez justo para todo pecador. Sin embargo cuando hace referencia a la salvación lo establece en términos diferentes: “la dadiva”
¿Deja Dios de lado su justicia para entregarle al hombre una dadiva que no se merece? Si este fuera el caso la última parte del versículo no tendría razón de ser, y si está allí es por el simple hecho de que el hombre NO MERECE la salvación que se le otorga.
La razón por la cual la vida eterna es otorgada a modo de DADIVA, y EN CRISTO JESUS a todos los hombres es por el simple hecho de que el hombre nada puede hacer para alcanzar esta salvación por sus propios medios.
En los capítulos pasados hemos estado aprendiendo acerca de la naturaleza del pecado, las consecuencias del mismo, la culpabilidad del hombre, su imposibilidad absoluta por cumplir la ley a la perfección, el contraste entre el finito y burdo esfuerzo humano por tratar de cumplir la perfecta ley de Dios, y el carácter inmaculado y santo de un Dios que es luz y en el cual no hay tinieblas; y a esta altura de las cosas es notorio que la única forma en que el hombre pudiera salvarse de la muerte y del infierno por sus medios es si éste pudiera cumplir de manera perfecta toda la ley de Dios, y sin embargo se hace obvio que el hombre no ha podido, no puede y no podrá jamás ser perfecto. Un pasaje que termina de dejar claro este hecho es el que encontramos en Isaías 64:6 “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.”
Todo intento por parte del hombre por tratar de ser justo, queda reducido a la figura alegórica de un trapo de inmundicia (la túnica con la cual se cubría a los muertos en la antigüedad) al lado de la perfección demandada por Dios.
Entonces pues, ¿por qué demanda Dios “sed santos, porque yo soy santo”? (1Pedro 1:16; Levitico 20:7)
La demanda de Dios y la eterna imposibilidad que se planta ante el hombre por alcanzarla no ha sido ni más ni menos que la manera en la que Dios ha querido reducir a trizas el ego humano. Es aquella espada encendida que se revolvía para guardar el camino al árbol de la vida en Génesis 3:24, para dejarle en claro al hombre aquella primera lección que desaprobó cuando tentado por Satanás se creyó en condiciones de desafiar a Dios y pretender hacer las cosas según sus propios medios luego de haber creído la mentira de la serpiente antigua “seréis como Dios”
Desde génesis hasta hoy el hombre no ha cambiado su carácter orgulloso creyendo que si se porta lo suficientemente bien podrá merecer la entrada al cielo; confiando en su esfuerzo, en sus méritos, en sus buenas acciones, como si algo pudiera haber a su alcance. La ley es el recordatorio de aquella espada encendida, que pone de rodillas el ego humano porque la gracia (el regalo inmerecido) se otorga bajo esa condición de humildad en la cual el hombre debe llegar a reconocer que está completamente perdido, y que necesita de un salvador porque no existe nada que él pueda hacer por sus medios para salvarse. La ley de Dios es la bofetada al orgullo de creer que la salvación puede hacerse a la manera humana por medio de una religión y de buenas acciones, en vez de a la manera de Dios de rodillas y con el corazón desnudo.
El modo en que Dios planifico la salvación de los hombres de su propia desgracia, ha sido con la humildad de por medio, pero el corazón del hombre es orgulloso, y para eso Dios estableció la exigencia inalcanzable de la ley, para llegar a demostrarle a ese corazón orgulloso que si pretendiera alcanzar la vida eterna por ser bueno estaría completamente perdido. Por ese motivo la gracia se da a los humildes, y por eso la biblia dice: “…Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes.”

Por ese motivo el apóstol Pablo explica divinamente inspirado con mucha simplicidad en Romanos 11:6 que si la bendición de la salvación fuese por obras, no podría ser por gracia, y si es por gracia, no puede ser por obras, pues un regalo por el cual se paga deja de ser un regalo, y pasa a ser una mera adquisición comercial, un trueque de una cosa a cambio de otra.
Con esta reflexión concluimos pues esta primera sección en la que abordamos el tópico de La Gracia de Dios. En los próximos post estaremos aprendiendo la naturaleza de la gracia y la contraposición que hay entre esta y la religión.

sábado, 25 de julio de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACIÓN POR LA GRACIA (Parte IV)

EL PECADO DEL HOMBRE (Parte II)
Romanos 5:12 dice:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”
Según venimos viendo desde el último post publicado en El Contendor, pudimos apreciar como Dios describe la naturaleza pecaminosa del hombre, y como ésta se hace extensiva a todos los hombres a lo largo de todas las épocas y de todo el mundo tal y como describe el versículo que arriba encabeza.
El punto que trataremos en esta cuarta parte del estudio que venimos haciendo sobre la salvación por la gracia y la condena por la ley tiene que ver con lo que es el pecado en sí mismo, y sus consecuencias. Así que la primera pregunta que debiéramos hacernos para poder entender bien de qué habla Dios cuando dice: “por cuanto todos pecaron” es: ¿qué es el pecado?
Para empezar a responderla debemos ir directamente sobre el versículo de Romanos 5:12 y al leerlo notaremos que está remitiéndonos a un hecho que se da en Génesis 2 y 3 cuando Adán y Eva desobedecen el mandato de Dios:

16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer;
17 más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. (Genesis 2:16-17)
Aquí en Génesis 2 vemos expresado el mandato que Dios da a Adán prohibiéndole que comiera del árbol de la ciencia del bien y del mal, bajo la advertencia de que la consecuencia que acarrearía la desobediencia de dicho mandato seria la muerte, algo totalmente no conocido por Adán quien hasta este punto de la historia es un ser inocente y sin mancha ni contaminación por el pecado.
Luego vamos directamente sobre Génesis 3
3  Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?
2 Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer;
3 pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.
4 Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis;
5 sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.
6 Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.
7 Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.
8 Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.
9 Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?
10 Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.
11 Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?
12 Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.
13 Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.
14 Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.
15 Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.
16 A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido,[a] y él se enseñoreará de ti.
17 Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.
18 Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.
19 Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.
20 Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva,[b] por cuanto ella era madre de todos los vivientes.
21 Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.
22 Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre.
23 Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado.
24 Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.
Luego de leer Como Satanás tentó a Adán y a Eva a desobedecer el mandato divino y como estos cayeron en la tentación y comieron del árbol que Dios les prohibió comer, nos centramos en los versículos  19 y 24. En el V. 19 la biblia dice que Dios maldijo al hombre condenándole a comer con el sudor de su frente “hasta que vuelva a la tierra” en clara relación a lo que El mismo le advirtió que sucedería el día que desobedeciera el mandamiento de no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. “polvo eres, y al polvo volverás” es la sentencia de muerte que Dios establece para el hombre. Aquí vemos establecida de manera literal la muerte física como la consecuencia de la desobediencia. Y a lo largo del capítulo vemos que la definición más clara de pecado es el levantamiento, la omisión, y la desobediencia de la autoridad y mandato divino. Pecado es todo aquello que se levanta contra Dios, que es contrario a su perfecta y santa voluntad y que por tanto se convierte en una ofensa a su santidad. Al desobedecer, tanto Adán como Eva se convirtieron en los primeros hombres pecadores, y desde el origen mismo la raza entera quedo contaminada con ese germen de sublevación, contra su hacedor. Del mismo modo la consecuencia cayó sobre Adán y paso a toda su descendencia.
Dicha consecuencia, también es descrita en Génesis no solo como la destrucción física del hombre, sino también la separación espiritual y absoluta de Dios, pues en el verso 24 vemos que Dios echó fuera de su presencia al hombre, y puso al oriente del huerto querubines y una espada encendida que se revolvía por todos lados para guardar el camino al árbol de la vida.
Lo más interesante de este V 24 es que Dios impide al hombre el acceso al árbol de la vida, y entonces la pregunta más obvia es: ¿por qué impide Dios el acceso al árbol de la vida? Desde luego esta pregunta esta respondida en el mismo capítulo, ya que si la sentencia del pecado fue la muerte, este ya no tenía más acceso a la presencia de Dios y por lo tanto estaba muerto espiritualmente también.
Ahora bien, todos entendemos con bastante certeza la muerte física, pues es algo que lamentablemente nos ha tocado ver en este mundo de muchas formas. Sin embargo, la pregunta no es sencilla de responder cuando nos preguntamos ¿Qué es la muerte espiritual?
Lo que podemos decir a la luz de génesis 3 es que la muerte espiritual es la separación del hombre de la presencia de Dios, y por eso este es echado fuera del huerto del edén. Sin embargo, ¿es solo esto la muerte espiritual?
En Mateo 13 en la explicación que Jesús hace de la parábola de la cizaña, se menciona el horno de fuego, donde hay “lloro y crujir de dientes” y es una de las alusiones que Jesús hizo al infierno y dice así:
36 Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo.
37 Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre.
38 El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo.
39 El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles.
40 De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo.
41 Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad,
42 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.
43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.
En el versículo 41 dice que todos aquellos que sirven de tropiezo y que hacen iniquidad serán echados al horno de fuego. Más arriba Jesús habla sobre el momento en el que esto sucederá: “el fin del siglo” haciendo referencia a un lapso de tiempo metafórico que alude al día en que Dios establezca la efectividad completa y definitiva de su sentencia sobre el hombre caído. Y se menciona al infierno como un lugar real, de sufrimiento real y con fuego real.
Probablemente el versículo que mejor explica la relación entre aquella sentencia en Génesis 3 y el infierno se encuentra en apocalipsis 21:8

8 Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda

Habla del mismo lugar al que hace referencia Jesús cuando describe el horno donde es el lloro y el crujir de dientes, y lo describe como un lago que arde con fuego y azufre dándole este título de “muerte segunda” haciendo clara referencia a que es aquella muerte (o separación de la presencia de Dios) que viene después de la primera muerte (que es la muerte física). El infierno, es pues, la consumación definitiva de la condena que Dios estableció para todos los hombres por sus pecados. Y es también aquella manifestación absoluta de la justicia divina expresada en Deuteronomio 4:24 cuando se lo describe a Dios como “fuego consumidor”:
“Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso.”
Luego se repite esto en hebreos 12:29 donde vuelve a reiterar: 
“29 porque nuestro Dios es fuego consumidor.”

Llegando a este punto del análisis sobre lo que es el pecado y sus terribles consecuencias bajo las cuales queda expuesto todo ser humano (tal y como vimos anteriormente en este estudio) la pregunta que más apremia es: ¿existe alguna manera en que el hombre pudiera hallar una salvación de semejante fin? ¿Si hasta aquí se ha manifestado la imparcial perfecta y terrible ira y justicia divina en relación al pecado, donde está la gracia y la misericordia? ¿Puede el hombre hacer algo para salvarse? ¿Es el cumplimiento de la ley una manera de evitar el infierno? Estas preguntas son las que quedarán pendientes para resolver a la luz de las santas escrituras en el próximo capítulo de este estudio.