EL CONTENDOR POR LA FE

Dedicatoria:



A la Revista Evangélica homónima que se publicó entre los años 1924 al1993. A sus Directores y Redactores a quienes no conocí personalmente, pero de quienes tomé las banderas, para tratar de seguir con humildad el camino de servir a Dios trazado en la revista durante casi 70 años.



viernes, 25 de septiembre de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACIÓN POR LA GRACIA (Parte VI)

LA GRACIA DE DIOS (parte II)

En la iglesia de Antioquía hubo algunos judíos que obligaban a los gentiles a judaizar, circuncidarse y guardar la ley, y se apartaban de estos para comer. De tal modo fue este hecho que aun Pedro y Bernabé fueron arrastrados a actuar de igual modo por miedo de ellos.
Se estaba sembrando entre los creyentes en Cristo, salvados por la gracia de Dios, un germen de religión. Un sistema de obras y rudimentos para alcanzar la salvación que hacia foco sobre sí mismo y sobre el esfuerzo humano y no sobre el sacrificio de Cristo y la gracia de Dios.
El problema con el que el apóstol Pablo se encuentra cuando llega a Antioquía y ve semejante cosa fue, en simples palabras, que algunos judíos aún no habían entendido el propósito del advenimiento del Señor Jesucristo al mundo, ni mucho menos habían entendido el fin con el que él, siendo Dios se hizo hombre para ser condenado a muerte en la cruz y resucitar triunfal sobre la muerte y el pecado. (Filipenses 2:6-11). Estas personas aún seguían pensando erróneamente que aquella ley que desde la niñez habían aprendido a guardar celosamente, era el fin y la causa absoluta mediante la cual venia la salvación. Ellos aun creían que guardaban lo suficientemente bien los estatutos de Dios como para merecer ser salvos algún día.
En este contexto llega el apóstol Pablo a Antioquía y ve a Pedro y Bernabé en una actitud totalmente cómplice de la situación atemorizados por aquellos que eran de la circuncisión. La reacción del apóstol no se hizo esperar y en ella tenemos el texto que se halla en Gálatas 2:11-21, que he seleccionado en esta sexta entrega de este estudio. El mismo es una explicación muy clara de aquella contraposición que se da entre un sistema religioso instituido con el fin de alcanzar por las obras la salvación, y la gracia de Dios, mediante la cual la salvación es ofrecida gratuitamente por no poder ser alcanzada de ninguna otra manera:
“11 Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar.
12 Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión.
13 Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos.
14 Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?
15 Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles,
16 sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.
17 Y si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera.
18 Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago.
19 Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios.
20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.
21 No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”
El versículo 16 es la clave para entender la contraposición de la que estamos hablando, y en el versículo 19 el apóstol da la primera explicación (la cual luego ampliara y explicara al detalle en el capítulo 3) del verdadero propósito por el cual fue dada la ley: “porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios” Esto es lo que habíamos venido tratando en los capítulos anteriores de este estudio: aquella ley establecida por Dios donde se dictaba sentencia de muerte al hombre pecador (Romanos 6:23); aquella denuncia irrefutable de parte de Dios por la cual se demostraba el pecado del hombre (Gálatas 3:22). Por eso el apóstol dice que por la ley es muerto para la ley, siendo ese el propósito de la ley, establecer la condena y la imposibilidad del hombre para salvarse con su esfuerzo doblegando su orgullo. Este era el hecho que aquellos judaizantes no habían entendido respecto del propósito de la ley, y por ese mismo motivo tampoco habían entendido que era necesario que un sustituto aprobado por Dios, cumpliera y ejecutara sobre sí mismo la ley y la condena que de otro modo habría recaído sobre todos los hombres. Y ese sustituto era Cristo, el cual sin ser pecador, pago sobre sí mismo con la muerte la pena en lugar de todos los pecadores (1Pedro 3:18).
Aquellos judaizantes obligaban a judaizar y vivían como si Cristo no hubiese venido nunca porque ni siquiera habían entendido el verdadero propósito de la ley. Mientras la salvación había venido al mundo y se había derramado en la sangre inocente del cordero de Dios como el sacrificio perfecto y final que la justicia de Dios demandaba para poder dejar exento de condena al hombre pecador siendo esta ya cumplida sobre el mesías, ellos seguían practicando la ley como si la ley y los sacrificios que se ofrecen por la ley fuesen a salvarlos. Distorsionaron el propósito con el que Dios estableció la ley, aunque la propia ley traía en si misma explicitado su propósito, y también el propósito con el que Cristo vino al mundo. Esto mismo es explicado en Hebreos 10: 1-17
10  Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan.
2 De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado.
3 Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados;
4 porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.
5 Por lo cual, entrando en el mundo dice:
    Sacrificio y ofrenda no quisiste;
    Mas me preparaste cuerpo.
6 Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.
7 Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí.
8 Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley),
9 y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último.
10 En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.
11 Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados;
12 pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios,
13 de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies;
14 porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.
15 Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho:
16 Este es el pacto que haré con ellos
Después de aquellos días, dice el Señor:
Pondré mis leyes en sus corazones,
Y en sus mentes las escribiré, m
17 añade:
    Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones.
18 Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.
El versículo final con el que cerraremos esta sexta entrega del estudio es Gálatas 2:21 donde Pablo termina su explicación mostrando que si la justicia (la limpieza y purificación por la cual el hombre queda sin mancha y sin pecado limpio delante de Dios) fuese por cumplir la ley entonces no sería necesario el sacrificio de Cristo:


“21 No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”

martes, 25 de agosto de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACIÓN POR LA GRACIA (Parte V)

LA GRACIA DE DIOS (Parte I)
“Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 6:23)
“Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra." (Romanos 11:6)
Imagine el lector por un instante que asiste al cumpleaños de un amigo y le lleva un regalo. Este le recibe con gratitud y efusivamente. Acto seguido saca dinero de su bolsillo y le pregunta: “¿Cuánto te ha costado?” intentando pagar por el regalo que le acaba de entregar. ¿Qué pensaría, y que sentiría usted estando en tal situación?
El diccionario de lengua española define el término “regalo” de la siguiente manera:
“m. Lo que se da a alguien sin esperar nada a cambio, como muestra de afecto o agradecimiento.”
Para esta 5 parte del estudio de La condena por la ley, y la salvación por la gracia, he decidido encabezar con dos versículos que explican con una didáctica muy clara el significado y el alcance de la palabra “GRACIA”
Romanos 6:23 es sin dudas uno de los mejores resúmenes sobre los estragos del pecado en la humanidad y la forma en que estos han sido solucionados por Dios, así como también la manera en que Dios pone al alcance del hombre semejante bendición. Nótese que cuando habla de la consecuencia del pecado lo hace en términos judiciales: “la paga del pecado”. Es la sentencia de Dios, el juez justo para todo pecador. Sin embargo cuando hace referencia a la salvación lo establece en términos diferentes: “la dadiva”
¿Deja Dios de lado su justicia para entregarle al hombre una dadiva que no se merece? Si este fuera el caso la última parte del versículo no tendría razón de ser, y si está allí es por el simple hecho de que el hombre NO MERECE la salvación que se le otorga.
La razón por la cual la vida eterna es otorgada a modo de DADIVA, y EN CRISTO JESUS a todos los hombres es por el simple hecho de que el hombre nada puede hacer para alcanzar esta salvación por sus propios medios.
En los capítulos pasados hemos estado aprendiendo acerca de la naturaleza del pecado, las consecuencias del mismo, la culpabilidad del hombre, su imposibilidad absoluta por cumplir la ley a la perfección, el contraste entre el finito y burdo esfuerzo humano por tratar de cumplir la perfecta ley de Dios, y el carácter inmaculado y santo de un Dios que es luz y en el cual no hay tinieblas; y a esta altura de las cosas es notorio que la única forma en que el hombre pudiera salvarse de la muerte y del infierno por sus medios es si éste pudiera cumplir de manera perfecta toda la ley de Dios, y sin embargo se hace obvio que el hombre no ha podido, no puede y no podrá jamás ser perfecto. Un pasaje que termina de dejar claro este hecho es el que encontramos en Isaías 64:6 “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.
Todo intento por parte del hombre por tratar de ser justo, queda reducido a la figura alegórica de un trapo de inmundicia (la túnica con la cual se cubría a los muertos en la antigüedad) al lado de la perfección demandada por Dios.
Entonces pues, ¿por qué demanda Dios “sed santos, porque yo soy santo”? (1Pedro 1:16; Levitico 20:7)
La demanda de Dios y la eterna imposibilidad que se planta ante el hombre por alcanzarla no ha sido ni más ni menos que la manera en la que Dios ha querido reducir a trizas el ego humano. Es aquella espada encendida que se revolvía para guardar el camino al árbol de la vida en Génesis 3:24, para dejarle en claro al hombre aquella primera lección que desaprobó cuando tentado por Satanás se creyó en condiciones de desafiar a Dios y pretender hacer las cosas según sus propios medios luego de haber creído la mentira de la serpiente antigua “seréis como Dios”
Desde génesis hasta hoy el hombre no ha cambiado su carácter orgulloso creyendo que si se porta lo suficientemente bien podrá merecer la entrada al cielo; confiando en su esfuerzo, en sus méritos, en sus buenas acciones, como si algo pudiera haber a su alcance. La ley es el recordatorio de aquella espada encendida, que pone de rodillas el ego humano porque la gracia (el regalo inmerecido) se otorga bajo esa condición de humildad en la cual el hombre debe llegar a reconocer que está completamente perdido, y que necesita de un salvador porque no existe nada que él pueda hacer por sus medios para salvarse. La ley de Dios es la bofetada al orgullo de creer que la salvación puede hacerse a la manera humana por medio de una religión y de buenas acciones, en vez de a la manera de Dios de rodillas y con el corazón desnudo.
El modo en que Dios planifico la salvación de los hombres de su propia desgracia, ha sido con la humildad de por medio, pero el corazón del hombre es orgulloso, y para eso Dios estableció la exigencia inalcanzable de la ley, para llegar a demostrarle a ese corazón orgulloso que si pretendiera alcanzar la vida eterna por ser bueno estaría completamente perdido. Por ese motivo la gracia se da a los humildes, y por eso la biblia dice: “…Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes.”

Por ese motivo el apóstol Pablo explica divinamente inspirado con mucha simplicidad en Romanos 11:6 que si la bendición de la salvación fuese por obras, no podría ser por gracia, y si es por gracia, no puede ser por obras, pues un regalo por el cual se paga deja de ser un regalo, y pasa a ser una mera adquisición comercial, un trueque de una cosa a cambio de otra.
Con esta reflexión concluimos pues esta primera sección en la que abordamos el tópico de La Gracia de Dios. En los próximos post estaremos aprendiendo la naturaleza de la gracia y la contraposición que hay entre esta y la religión.

sábado, 25 de julio de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACIÓN POR LA GRACIA (Parte IV)

EL PECADO DEL HOMBRE (Parte II)
Romanos 5:12 dice:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
Según venimos viendo desde el último post publicado en El Contendor, pudimos apreciar como Dios describe la naturaleza pecaminosa del hombre, y como ésta se hace extensiva a todos los hombres a lo largo de todas las épocas y de todo el mundo tal y como describe el versículo que arriba encabeza.
El punto que trataremos en esta cuarta parte del estudio que venimos haciendo sobre la salvación por la gracia y la condena por la ley tiene que ver con lo que es el pecado en sí mismo, y sus consecuencias. Así que la primera pregunta que debiéramos hacernos para poder entender bien de qué habla Dios cuando dice: “por cuanto todos pecaron” es: ¿qué es el pecado?
Para empezar a responderla debemos ir directamente sobre el versículo de Romanos 5:12 y al leerlo notaremos que está remitiéndonos a un hecho que se da en Génesis 2 y 3 cuando Adán y Eva desobedecen el mandato de Dios:

16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer;
17 más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás. (Genesis 2:16-17)
Aquí en Génesis 2 vemos expresado el mandato que Dios da a Adán prohibiéndole que comiera del árbol de la ciencia del bien y del mal, bajo la advertencia de que la consecuencia que acarrearía la desobediencia de dicho mandato seria la muerte, algo totalmente no conocido por Adán quien hasta este punto de la historia es un ser inocente y sin mancha ni contaminación por el pecado.
Luego vamos directamente sobre Génesis 3
 Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?
Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer;
pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.
Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis;
sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.
Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella.
Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.
Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.
Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?
10 Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.
11 Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?
12 Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.
13 Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.
14 Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.
15 Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.
16 A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido,[a] y él se enseñoreará de ti.
17 Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.
18 Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo.
19 Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.
20 Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva,[b] por cuanto ella era madre de todos los vivientes.
21 Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.
22 Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre.
23 Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado.
24 Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.
Luego de leer Como Satanás tentó a Adán y a Eva a desobedecer el mandato divino y como estos cayeron en la tentación y comieron del árbol que Dios les prohibió comer, nos centramos en los versículos  19 y 24. En el V. 19 la biblia dice que Dios maldijo al hombre condenándole a comer con el sudor de su frente “hasta que vuelva a la tierra” en clara relación a lo que El mismo le advirtió que sucedería el día que desobedeciera el mandamiento de no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. “polvo eres, y al polvo volverás” es la sentencia de muerte que Dios establece para el hombre. Aquí vemos establecida de manera literal la muerte física como la consecuencia de la desobediencia. Y a lo largo del capítulo vemos que la definición más clara de pecado es el levantamiento, la omisión, y la desobediencia de la autoridad y mandato divino. Pecado es todo aquello que se levanta contra Dios, que es contrario a su perfecta y santa voluntad y que por tanto se convierte en una ofensa a su santidad. Al desobedecer, tanto Adán como Eva se convirtieron en los primeros hombres pecadores, y desde el origen mismo la raza entera quedo contaminada con ese germen de sublevación, contra su hacedor. Del mismo modo la consecuencia cayó sobre Adán y paso a toda su descendencia.
Dicha consecuencia, también es descrita en Génesis no solo como la destrucción física del hombre, sino también la separación espiritual y absoluta de Dios, pues en el verso 24 vemos que Dios echó fuera de su presencia al hombre, y puso al oriente del huerto querubines y una espada encendida que se revolvía por todos lados para guardar el camino al árbol de la vida.
Lo más interesante de este V 24 es que Dios impide al hombre el acceso al árbol de la vida, y entonces la pregunta más obvia es: ¿por qué impide Dios el acceso al árbol de la vida? Desde luego esta pregunta esta respondida en el mismo capítulo, ya que si la sentencia del pecado fue la muerte, este ya no tenía más acceso a la presencia de Dios y por lo tanto estaba muerto espiritualmente también.
Ahora bien, todos entendemos con bastante certeza la muerte física, pues es algo que lamentablemente nos ha tocado ver en este mundo de muchas formas. Sin embargo, la pregunta no es sencilla de responder cuando nos preguntamos ¿Qué es la muerte espiritual?
Lo que podemos decir a la luz de génesis 3 es que la muerte espiritual es la separación del hombre de la presencia de Dios, y por eso este es echado fuera del huerto del edén. Sin embargo, ¿es solo esto la muerte espiritual?
En Mateo 13 en la explicación que Jesús hace de la parábola de la cizaña, se menciona el horno de fuego, donde hay “lloro y crujir de dientes” y es una de las alusiones que Jesús hizo al infierno y dice así:
36 Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo.
37 Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre.
38 El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo.
39 El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles.
40 De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo.
41 Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad,
42 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.
43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.
En el versículo 41 dice que todos aquellos que sirven de tropiezo y que hacen iniquidad serán echados al horno de fuego. Más arriba Jesús habla sobre el momento en el que esto sucederá: “el fin del siglo” haciendo referencia a un lapso de tiempo metafórico que alude al día en que Dios establezca la efectividad completa y definitiva de su sentencia sobre el hombre caído. Y se menciona al infierno como un lugar real, de sufrimiento real y con fuego real.
Probablemente el versículo que mejor explica la relación entre aquella sentencia en Génesis 3 y el infierno se encuentra en apocalipsis 21:8

Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda

Habla del mismo lugar al que hace referencia Jesús cuando describe el horno donde es el lloro y el crujir de dientes, y lo describe como un lago que arde con fuego y azufre dándole este título de “muerte segunda” haciendo clara referencia a que es aquella muerte (o separación de la presencia de Dios) que viene después de la primera muerte (que es la muerte física). El infierno, es pues, la consumación definitiva de la condena que Dios estableció para todos los hombres por sus pecados. Y es también aquella manifestación absoluta de la justicia divina expresada en Deuteronomio 4:24 cuando se lo describe a Dios como “fuego consumidor”:
“Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso.”
Luego se repite esto en hebreos 12:29 donde vuelve a reiterar: 
29 porque nuestro Dios es fuego consumidor.”

Llegando a este punto del análisis sobre lo que es el pecado y sus terribles consecuencias bajo las cuales queda expuesto todo ser humano (tal y como vimos anteriormente en este estudio) la pregunta que más apremia es: ¿existe alguna manera en que el hombre pudiera hallar una salvación de semejante fin? ¿Si hasta aquí se ha manifestado la imparcial perfecta y terrible ira y justicia divina en relación al pecado, donde está la gracia y la misericordia? ¿Puede el hombre hacer algo para salvarse? ¿Es el cumplimiento de la ley una manera de evitar el infierno? Estas preguntas son las que quedarán pendientes para resolver a la luz de las santas escrituras en el próximo capítulo de este estudio.

jueves, 25 de junio de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACIÓN POR LA GRACIA (Parte III)

EL PECADO DEL HOMBRE (Parte I)

En nuestro último estudio sobre la salvación por gracia y la condena por la ley, abordamos como tópico principal la santidad de Dios concluyendo que Èl es perfecto, y que su medida de perfección está absolutamente fuera del alcance de cualquier ser hombre.
En la generalidad de los casos cuando uno le pregunta a cualquier persona, si esta se considera perfecta le dirán que no, quizás en un intento de demostrar una fachada de humildad. Sin embargo, ante la realidad de la muerte y de la inminente consecuencia final que tienen todos los actos de una persona en vida al momento de su partida, todos creen o esperan aspirar a entrar al cielo en presencia de Dios. Y entonces surge aquí una de las preguntas que nos habíamos planteado en el pasado post: ¿Puede una persona imperfecta y pecadora, entrar a la presencia de un Dios perfecto y santo ante el cual no puede coexistir la maldad?
La palabra pecado suele ser tan difícil de asimilar por el ego humano, que muchas veces no es tenida en cuenta en su total magnitud ni en sus consecuencias, ni mucho menos en su alcance, cuando nos exponemos a la idea de que un día habremos de morir, y seremos juzgados por este mismo Dios santo y perfecto del cual venimos hablando. En otras palabras: creemos ser lo suficientemente buenos como para quizás, tal vez, aspirar a estar en el cielo cuando la hora llegue. Si el lector me lo permite, vamos a tratar de explayar una visión diferente de la naturaleza caída del hombre. Una visión que no esté sometida a la subjetividad de la mirada propia que intenta suavizar la bajeza del hombre, y flexibilizar el perfecto estándar de Dios. Para poder dar esta visión debemos remitirnos a que directamente sea Dios mismo el que nos describa, y una de las mejores descripciones de esta naturaleza humana la hallamos en Romanos 1: 18-32
18 Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad;
19 porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó.
20 Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.
21 Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.
22 Profesando ser sabios, se hicieron necios,
23 y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.
24 Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos,
25 ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.
26 Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza,
27 y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.
28 Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen;
29 estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades;
30 murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres,
31 necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia;
32 quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.
Luego de leer esta amplia lista en la crudeza de sus términos uno llega a pensar que tal vez la misma este reservada para los hombres malvados. La realidad es que nos han mentido desde pequeños diciéndonos que en el mundo existen hombres buenos y hombres malos, pues eso nos llega hacer pensar que si uno es bueno, entonces estas acusaciones no deberían referirse a nosotros “los buenos”. Sin embargo, yo quisiera que el lector vuelva a leer el V. 30, el último punto del mismo dice: “desobedientes a los padres”. Debería uno preguntarse si esta no fue una de las primeras cosas malas que hizo en su vida a muy temprana edad.
Suele ser el pensamiento común que un niño es absoluta y totalmente inocente de sus actos, pero la realidad es que a medida que uno crece y puede examinarlo en su propia historia, comienza a cometer hechos malos con absoluto conocimiento de causa, y con pleno uso de ética, moral y conocimiento de sus consecuencias.
Hago principal hincapié en el V.30 porque el cuarto mandamiento en Exodo 20:12 dice “honra a tu padre y a tu madre” y es precisamente este mandamiento el que se quebranta cuando un hijo desobedece o se levanta contra sus padres.
Desde luego la lista es larga y en ella está incluido el odio, la mentira, la lujuria, la soberbia etc… pero analizar quizás uno de los puntos en los que más naturalmente (y prematuramente) fallamos todos los seres humanos es una buena forma de entender el alcance de la palabra Pecado, con la que encabezamos este capítulo.
Llegado este punto ya podemos concluir que el pecado no es un asunto reservado solo a los homicidas, violadores, o a los criminales que cometen hechos aberrantes, sino a todos los seres humanos, sin distinción de genero raza o edad. Y así mismo lo dice Romanos 3:9-18
9 ¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.
10 Como está escrito:
    No hay justo, ni aun uno;
11 No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios.
12 Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
13 Sepulcro abierto es su garganta;
Con su lengua engañan.
Veneno de áspides hay debajo de sus labios;
14 Su boca está llena de maldición y de amargura.
15 Sus pies se apresuran para derramar sangre;
16 Quebranto y desventura hay en sus caminos;
17 Y no conocieron camino de paz.
18 No hay temor de Dios delante de sus ojos.

Hasta aquí pues llegaremos con este primer acercamiento a la naturaleza humana, y dejaremos para el próximo post el análisis de que es el pecado según la biblia y cuáles son sus consecuencias. Por lo pronto ahora a la luz de estos textos ya sabemos que nadie puede escaparse de la consideración que Dios hace de todos los hombres, la cual dejaremos para la reflexión del lector en un último pasaje que he elegido como cierre de este post: Romanos 3:23-24

23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,

24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,

lunes, 25 de mayo de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACION POR LA GRACIA (Parte II)

LA SANTIDAD DE DIOS


En la introducción pasada sobre la condena por la ley y la salvación por gracia, nos dedicamos a hacer un par de preguntas esenciales. Probablemente la pregunta más importante gira en torno a la santidad de Dios, aquel atributo de Dios que esta manifiesto en su perfección absoluta que en la biblia es expresada muchas veces.

Pero ¿por qué es tan importante entender que Dios es Santo? Si debemos definir la santidad de Dios deberíamos decir que esta es la perfección absoluta en todos los aspectos de su carácter y su persona. Dios es perfecto. Y así lo expresa el mismo en su palabra cuando dice: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5:48)

Y aquí es donde la biblia empieza a definir la santidad de Dios, pues la santidad de Dios es la absoluta ausencia de maldad en él. Dios es amor, Dios es bueno, y en el no hay maldad ni pecado: 1Juan 1:5 lo define en estos términos: “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.”

Y en el Salmo 18:30 dice: “En cuanto a Dios, perfecto es su camino…”

Otra expresión de la santidad de Dios la encontramos en Habacuc 1:13 donde dice: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio…”

Expresado así, podemos entender que Dios repudia la maldad, el pecado no puede coexistir con la presencia de Dios, y es por eso que Jesús manda algo que ya vemos a lo largo de toda la palabra de Dios “sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro padre que está en los cielos es perfecto.” Este mandamiento es repetido también en el antiguo testamento en Levítico 20:7: “Santificaos, pues, y sed santos, porque yo Jehová soy vuestro Dios.” Y vuelve a reiterarse en el V. 26: “Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos.”

Así que aquí tenemos el primer gran problema que ningún ser humano puede solucionar: Dios nos está exigiendo que seamos PERFECTOS. Él no nos pide que seamos buenos, o que tratemos de hacer las cosas más o menos bien, o “lo mejor posible” Su exigencia es demasiado contundente para confundirse con esa buena intención humana de “tratar de hacer las cosas bien” Dios nos pide que seamos igual de perfectos que él, y el gran problema que tiene el hombre es que la perfección de Dios es infinita, eterna, absoluta, y cuando caemos en cuenta de esto llegamos a la conclusión de que en su ley Dios ya nos ha puesto un mandamiento imposible de cumplir. Esta realidad es la que Jesús expuso también en Juan 8:1-11 cuando los escribas y fariseos le trajeron una mujer adúltera con la intención de buscar un pretexto o alguna palabra que pudiera servir para inventar cargos en su contra y aprenderle. Sin embargo Jesús, conocía sus pecados, y sabía que ninguno de ellos podía estar a la altura de la exigencia absoluta de perfección que demanda la ley y el carácter santo de Dios, entonces les dijo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.” Naturalmente los escribas y fariseos quedaron completamente desarmados ante la realidad que expuso el Señor, ya que ellos no podían alegar ser perfectos pues solo Dios es perfecto, y tampoco podían juzgar a la mujer adúltera ya que ellos mismos estaban igualmente llenos de pecado, y por eso dejando sus piedras se fueron.

La realidad de un Dios perfecto en contraste con el hombre imperfecto es la absoluta muestra expuesta en la ley de que es imposible para el hombre alcanzar la medida de la demanda de Dios, y aquí es donde cerraremos este post con una pregunta que el lector deberá analizar a mucha conciencia: ¿Cuáles son las consecuencias de no poder cumplir de ninguna forma con el mandamiento que Dios le ha impuesto a todos los hombres de ser perfectos y santo en la misma medida en la que él lo es?

Y la otra pregunta que se desprende de la primera, y aún más inquietante:

¿Por qué Dios, conociendo la imposibilidad del hombre de alcanzar una medida infinita de perfección, le ha impuesto en su ley un mandamiento imposible de cumplir?

Con la ayuda de Dios en los próximos capítulos buscaremos la respuesta a estas preguntas en su palabra.

sábado, 25 de abril de 2015

LA CONDENA POR LA LEY, LA SALVACION POR LA GRACIA (Parte I)


Galatas 2:16

“Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.”

¿Se ha preguntado el lector, cuan perfecto y santo debería ser si quisiera ser digno de entrar al cielo en presencia de Dios por toda la eternidad una vez que deje este mundo?

Desde chicos, se nos ha enseñado que “uno debe portarse bien si desea ir al cielo cuando muera” y que “el infierno es para los malvados”

Esta natural y casi automática reducción suele ser la idea, dogma, y doctrina central de casi todas (por no decir todas) las religiones del mundo. Todas establecen la idea de que una persona recibe en retribución a sus buenos y malos actos según haya vivido; y hay algo de cierto en esto, y es que Dios es justo para dar a cada uno conforme a sus obras (Romanos 2:6).

Pero, ¿Qué tan perfecto, que tan bueno, que tan santo, cuantas buenas obras debería hacer una persona si quisiera merecer la salvación de su alma del castigo del infierno?

Desde luego casi todos responderían sin certeza alguna a esta pregunta diciendo que o bien no lo saben, o bien están “tratando de hacer las cosas lo mejor posible”.

Imagine el lector el siguiente caso: Un homicida es juzgado. Todas las evidencias son presentadas delante de él e inequívocamente demuestran que es totalmente culpable de su crimen. Entonces, este hombre interpela al juez diciendo: “señor juez, yo mate a este hombre, pero le aseguro que ya no mato a mas nadie, y estoy haciendo todo lo que pueda para llevar una vida ejemplar para compensar el mal que hice para ser perdonado” Imagine luego el lector que el juez acepta lo que el homicida declara, y decide perdonarlo porque éste ahora “está tratando de ser un hombre de bien” ¿Sería justo? ¿Se haría justicia para con la victima? ¿Sería sabio por parte del juez dejar pasar por alto el castigo con tal de que el culpable del crimen ahora haya rectificado su vida?

La propia justicia humana suele no contemplar este tipo de atenuante ya que, el buen accionar de un culpable no revierte el daño que causo, no revive a su víctima, ni retira la ofensa y también por el simple hecho de que la única forma de anular una deuda con la justicia es saldándola.

Los mismos hombres suelen decir de sus propios jueces que si un juez X falla a favor de un culpable dejando impune el crimen el juez X es un “juez corrupto”

Pero ¿q pasa cuando el juez es Dios, y los culpables somos todos los seres humanos? ¿Sería acaso aceptable decir que si un juez absuelve a un asesino y deja impune su crimen, es un corrupto, pero si Dios castiga con justicia al hombre y le condena por sus crímenes, es un juez despiadado y tirano?

¿Por qué la lógica moralista de las personas se enfoca en el castigo justo e imparcial cuando se trata de hablar de los crímenes de unos hacia otros, pero no aplica la misma imparcialidad y ansias de justicia cuando se trata de mirarse a sí mismos, sus delitos y pecados, en relación a Dios? ¿Por qué nos airamos y enfurecemos cuando un juez comete un acto de impunidad en su sentencia, pero cuando atañe a nuestras ofensas en relación a la justicia divina somos detractores de esa misma sed de justicia?

También hemos sido criados (al menos en occidente) con la clásica frase “Jesucristo murió en la cruz para salvarnos de nuestros pecados” Sin embargo, cuando el lector pueda desentrañar la realidad detrás del objetivo con el que fue establecido la ley, probablemente llegue a comprender que en la mayoría de los casos esa afirmación suele caer en saco roto, y nunca es entendida realmente.

La mayoría de las personas que se afirman cristianos suelen expresarse de esta forma cuando se le pregunta que piensa sobre Jesús. Otras afirmaciones comunes suelen ser: “Jesús fue un gran maestro” “Jesús es el hijo de Dios” “Jesús es el redentor de la humanidad” etc… Sin embargo, alguna vez ha preguntado el lector a alguien: “¿qué cree que debería hacer si desea ir al cielo cuando muera?”

Y entonces, finalmente, si nos cuestionamos cual es el propósito por el cual Dios creó una ley, llegamos a un cuestionamiento aún más incisivo: ¿cuál ha sido el propósito de que Dios enviara al mundo a su propio hijo? Y no quisiéramos recaer en las respuestas automáticas que nos han enseñado desde que nacimos, sin siquiera entender o cuestionarnos su veracidad y congruencia bíblica.

En esta serie de post que inicio hoy, deseo con la ayuda y guía del Espíritu Santo, y la Palabra de Dios, poder abordar toda esta serie de planteamientos que están atravesados usualmente por una discordia generada por una falsa moralidad farisaica en la que se ha llegado a creer que la Ley fue establecida por Dios como un medio para que la gente pueda salvarse. Por ese motivo he decidido encabezar este primer post con el pasaje de Galatas 2:16 que estaremos analizando de manera concreta más adelante. El objetivo de esta introducción no será más que llevar al lector a que con honestidad se cuestione para sí mismo las preguntas planteadas, dejando entre esta primera entrega y la que viene un espacio para que el lector reflexione con un texto más el cual también estaremos analizando más adelante:

Galatas 2:19-21

“Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios.

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.”

viernes, 27 de marzo de 2015

Hasta pronto Contendor


 
Mi nombre es Lucas, soy hijo de Hector (El Contendor). Por este medio y con una profunda  y gran tristeza en mi corazón deseo avisar a todos aquellos que siguen su blog que el día miércoles 25 de marzo de 2015 mi amado padre ha entrado a la gloriosa presencia de Dios.

Tal y como era su deseo este blog, que fue durante los últimos 6 años de su vida, su espacio y herramienta de denodado e incansable servicio al Señor, seguirá abierto con todas las entradas que posteo y con todas las palabras que el Señor le dio, para que sigan siendo luz en este mundo para la gloria de Dios, y aunque yo no pueda ocupar el mismo lugar que mi papa ocupo en el ministerio que Dios le había dado, administrare y seguiré escribiendo aquí tal y como era su deseo para que la palabra de Dios siga llegando a aquellos que aún están en el mundo sin Dios, sin Cristo, y sin esperanzas.

Mi padre atravesaba desde hacía años una dura enfermedad respiratoria que tal y como él decía era lo que Dios uso para hacerle invocar el nombre de Jesús cada día con sus labios cada vez que le faltaba el aire. Gracias doy al Señor por haberme dado un padre como el, a quien también uso para llevarme a los pies de Cristo, y por darme la oportunidad de estar junto a él hasta su último minuto en este mundo para orar a su lado y aliviar sus dolores llevándole lo único que podía aliviarle: la palabra de Dios. Y de estos días tan duros de prueba que nos tocó atravesar antes que él se fuera leyendo junto a su lecho el salmo 103 ambos supimos con lágrimas en los ojos que el señor estaba a su lado para darnos consuelo, alivio, y misericordia antes de llevárselo a su presencia en los cielos cuando ya se veía su inminente partida. Con ese bendito salmo de la palabra de Dios que desde ese momento y para siempre, será tan especial para mi he de cerrar este post.

 

Bendice, alma mía, a Jehová,

 Y bendiga todo mi ser su santo nombre.

Bendice, alma mía, a Jehová,

 Y no olvides ninguno de sus beneficios.

El es quien perdona todas tus iniquidades,

 El que sana todas tus dolencias;

El que rescata del hoyo tu vida,

 El que te corona de favores y misericordias;

El que sacia de bien tu boca

 De modo que te rejuvenezcas como el águila.

Jehová es el que hace justicia

 Y derecho a todos los que padecen violencia.

Sus caminos notificó a Moisés,

 Y a los hijos de Israel sus obras.

Misericordioso y clemente es Jehová;(A)

 Lento para la ira, y grande en misericordia.

No contenderá para siempre,

 Ni para siempre guardará el enojo.

No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades,

 Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.

Porque como la altura de los cielos sobre la tierra,

 Engrandeció su misericordia sobre los que le temen.

Cuanto está lejos el oriente del occidente,

 Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.

Como el padre se compadece de los hijos,

 Se compadece Jehová de los que le temen.

Porque él conoce nuestra condición;

 Se acuerda de que somos polvo.

El hombre, como la hierba son sus días;

 Florece como la flor del campo,

Que pasó el viento por ella, y pereció,

 Y su lugar no la conocerá más.

Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen,

 Y su justicia sobre los hijos de los hijos;

Sobre los que guardan su pacto,

 Y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra.

Jehová estableció en los cielos su trono,

 Y su reino domina sobre todos.

Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles,

 Poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra,

 Obedeciendo a la voz de su precepto.

Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos,

 Ministros suyos, que hacéis su voluntad.

Bendecid a Jehová, vosotras todas sus obras,

 En todos los lugares de su señorío.

 Bendice, alma mía, a Jehová.

 

Pd. Hasta pronto Contendor! Nos vemos en el mar de cristal, ante el trono de Dios, para adorarle juntos cara a cara y verle tal cual es. Te amo y te recordare por siempre. Tu hijo Lucas